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Año XXXVIII | Edición 429 - JUNIO 2008 | Argentina
     
    TECNICAS DE CAZA MAYOR
   
Cazar de oído
Cómo lograr la concentración óptima para interpretar los sonidos del monte cuando la vista se transforma en el sentido secundario del cazador.
  Por Luís Festa *
   

Si bien el vocablo “pampa” sugiere terrenos llanos, como un océano verde, sin que nada se interponga hasta los límites del horizonte, en pocos lugares de la provincia de La Pampa el suelo presenta esa característica. Transpuesto el meridiano quinto y a poco de andar, comienzan a aparecer médanos y someras elevaciones que se transforman en una sucesión de valles paralelos orientados de oeste a este, separados por serranías y cuchillas que parecieran anunciar las altas cumbres cordilleranas. Escasos ríos surcan el relieve, mientras que abundan los salitrales, ojos de agua y lagunas que retienen el agua que se escurre por lechos secos, que se convierten en arroyos en épocas lluviosas. El monte natural comienza en el sur de la provincia de Buenos Aires y se extiende por la región central de La Pampa, hasta el sur de Córdoba y San Luis.

¦ El Mamuel Mapú. O “país de los montes” en idioma araucano, es el escenario de nuestras cacerías, y la diversidad del paisaje nos obliga a adaptarnos al entorno. Los apostaderos pueden estar ubicados en el borde de un extenso salitral o disimulados en las costas arboladas de cuadros de siembra, ámbitos en los que cazaremos con la vista como sentido primordial. Pero también se establecen apostaderos en las profundidades del monte, en charcos y barros muy concurridos, debido a que las piaras se sienten protegidas por las sombras del follaje de caldenes y algarrobos. La luz lunar llega al suelo atenuada por la arboleda y aquí es donde el sentido de la vista cede al oído la función de advertir la presencia o la aproximación de la pieza. De poco sirve fatigar la vista escudriñando en la penumbra presintiendo la presencia de un padrillo, en lo que no es más que la sombra de un arbusto cuya persistente inmovilidad nos convencerá del yerro. El silencio en estos casos es nuestro principal aliado, y para mantenerlo es necesario reunir una serie de recaudos básicos de cumplimiento inexorable.

¦ Entrar en clima. Si nos instalamos en un apostadero elevado construido en la copa de un árbol o sobre pilotes, comprobaremos que las tablazones se encuentren fijas y no emitan inoportunos rechinidos. Resultan inapropiados los apostaderos instalados casi encima de los charcos: la distancia ideal no debe ser inferior a los 20 m. Con el fusil y los prismáticos lo más cerca de las manos, trataremos de hallar la posición más cómoda posible para evitar que los cambios de posturas produzcan ruidos inconvenientes. Lentamente nos iremos relajando y alcanzando un grado de inmovilidad ideal, estado propicio en que se agudiza notablemente el sentido de la audición, que nos servirá para percibir ínfimos sonidos en la profundidad del monte. La vista ocupa en estos casos un segundo plano, y el oído se convierte en el sentido esencial. Por lo general, escucharemos a los jabalíes antes de verlos, y para ello debemos aprender a discernir entre la variedad de sonidos provenientes de la espesura.

¦ Métodos de concentración. Cada cual encontrará el suyo; por mi parte, me resulta útil cerrar los párpados para no distraerme mirando sombras en las que creo advertir imágenes de enormes padrillos. Alterno con constantes y prolijas revisiones con los prismáticos, pues no todos los chanchos pisan ramas u hojas secas. Pero, si una vez alcanzado el estado de concentración escuchamos en la profundidad del monte un suave roce, el crujido de una rama pisada por una pezuña o los apagados ronroneos de las piaras para permanecer unidos las madres a los jabatos o cachorrones, la adrenalina inundará nuestro torrente sanguíneo ocasionando mayor agudeza en los sentidos por el inevitable estado de alerta. Estos instantes deben ser aprovechados para tomar el fusil y dirigirlo hacia el charco.

¦ Momentos decisivos. Lentamente observaremos nuestros alrededores con los prismáticos hasta divisar las siluetas oscuras que se deslizan entre los árboles e irrumpen en el barro o se arremolinan en la ceba. No siempre será la ansiada presa; a veces es un zorro o una liebre o los infaltables peludos, obstinados visitantes de las charcas. De vez en cuando, y como recompensa inesperada de las interminables horas en que permanecemos en posiciones estáticas, “oímos el movimiento” y presentimos la presencia de algo que lentamente se transforma de la casi abstracción al inconfundible perfil del padrillo deslizándose furtivo, casi fantasmal, hasta corporizarse en el ansiado trofeo. *Especialista en caza mayor.

     

 
   

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